La tarde cae sola y brutal sobre una ciudad
que parecerá en breve abandonada, 
y torna el azul en rojizo incendio.
Atrás quedará todo un día de esperanzas intactas,
de miradas rasgadas y de silencios por descubrir.

Y mientras, 
los hombres caminan hacia sus casas
como de regreso de una batalla invisible, tal vez inexistente,
con las sospechas fundadas, los pensamientos agotados 
y el corazón abatido de vivencias de imposible olvido.

Un día; 
un día entero terminará de pasar sobre sus vidas
con la insolencia de un deportista acostumbrado a ganar siempre.
A lo lejos, palabras brutales y solas, casi ecos de palabras ya, 
acompañarán en misteriosa huida sus propios recuerdos, 
para decir entre silencios, los sueños que aún permanecen dormidos 
en las copas de los árboles como pájaros en nido.

Desaparecerá la tarde sola y engullida por una noche oscura; 
negro silencio que propone miradas a los ojos sensibles.
Las estrellas rasgarán sus vestidos de domingo,
y una vez más convertirán su cielo en jirones de luces sin apenas sonido.
Nadie las contemplará excepto quizá una pareja de enamorados 
y algún que otro despistado astrónomo.

La noche se extenderá entonces en sombras,
aceptando con orgullo la quietud de sus planteamientos.
Y tú, sabedor de que la muerte no es más que un temor pasajero,
mantendrás con tu insomnio, un debate gris y desigual.

Siempre idéntico y siempre tan ajeno 
el mundo en su deambular nos volverá un poco distintos.

Juan J. Ginés