Me gustaría decir que cuando era niño

y soñaba con ser hombre de provecho

ya escribía poemas.

Algunos de ellos quedarían enterrados, por fortuna,

entre la pila de días que se acumularon,

ajenos a sus propios e irremediables destinos,

esperando, si acaso, ser moneda de algún curso legal,

o una oportunidad de ser leídos en voz alta algún día,

pero sin demasiadas esperanzas de lograrlo.

En realidad sin ninguna esperanza.

Allí nacieron sin dudar,

los poemas que ahora escribo en la insondable soledad

de este cuarto maduro en el que habito,

con un ordenador por supuesto portátil y ligero,

un jarrón de flores que olvidaron ya su aroma

y libros, claro, muchos libros con los que hacer más cómoda

una espera.

Me gustaría apuntar además que escribir poemas

fue para mi siempre encender una luz con la que iluminar

esta cueva de locos y locuras en la que instalé

hace ya muchos años todos mis silencios.

Juan J. Ginés