¿Con qué oro pagaré el cielo de esta mañana luminosa?
La sonrisa de una muchacha que pasea como distraída
por una calle sombría es siempre un indicio.
La observo en silencio desde mi atalaya. Camina sola.
Tintineando ajenos, sus tacones bailan sobre la acera
soportando el peso de las distancias.
De pronto se detiene y algo parece cambiar en ella.
Así suceden las cosas. Así siempre. Sin motivo.
Mira un cuadro colgado en el cristal de una galería de arte.
Su mirada se ilumina con la luz de los colores y vuelve a sonreír.
Entonces pienso que es caprichoso  el don de las caricias,
caprichoso e imprevisto. Azar y tiempo para centrar coincidencias.
Y me descubro feliz de su sonrisa.
Todo lo que veo al mirarla escondido en el envés de una hoja
es ya el oro con el que pagaré el cielo de esta mañana
luminosa y única.

Juan J. Ginés