La soledad fue un viajero perdido en una ciudad desconocida.

Todo acabó en silencio.

No poder sacarte a pasear por las calles de aquella ciudad

de habitantes insólitos, no poder descubrir el aroma de las cercanías,

acabar llorando ausencia como un niño descosido y callado,

tal vez caprichoso niño de infancias azules.

Y después vinieron los versos.

El mar fue casa sin paredes ni ventanas.

Imposible salir a respirar el aire de los acontecimientos

sometidos a las reglas de la impaciencia.

Los barcos islas a una deriva anunciada desde siempre.

Deriva atormentada por pesadillas de naufragios.

Una y otra vez chocar con esa misma ciudad desconocida,

con esas mismas calles idénticas que deshojan margaritas

que siempre dicen no o que parecen decir no.

Noes rotundos en la proximidad de aceras inéditas.

A veces sucede que cierro los ojos y sigo viendo la misma calle

de la misma ciudad en la que anduve perdido,

larga calle interminable que sueña con ser la avenida

de las pausadas tardes de verano.

Mientras,  el cielo cumple a regañadientes sus eternos cometidos.

La vida es tan corta que alguien con la suficiente perspectiva

se burlaría de nuestras ansias de gloria.

Pero, ¿qué hacer cuando estás perdido en una cuidad que desconoces,

a una hora intempestiva y sin dinero en tu bolsillo?

¿Qué hacer cuando ni siquiera intuyes dónde está la estación de autobuses

que te llevará a casa aunque sea al fin derrotado?

Llorar, nada más, y tal vez soñar con otras ciudades,

con otros versos que puedan acunar los destinos que perdemos.

La soledad fue un viajero perdido en una ciudad desconocida

Todo empezó en silencio.

Juan J. Ginés