No se si conservarás aún la caja porcelana

en la que fuiste guardando mis cartas de amor,

los poemas que descosidos tintinearon en los folios galgo

y que ahora amarillearán cubiertos de nostalgias

y de incertidumbres.

 

La vida fue tan nueva que lo ríos

no habían empezado aún a desembocar en sus mares,

ni los bosques a publicar sus silencios.

 

Nunca me llamaste por mi nombre.

 

En aquellos días tenían más importancia los gestos

que las palabras,

esas palabras que nunca salieron de nuestras bocas,

esas que nunca volaron por el aire libre de los mediodías,

ni atravesaron las aulas de los profesores impacientes.

 

Las miradas ingenuas de niños asustados

que éramos nos recordaban que para nosotros

siempre anochecería a las seis

y que por muy tarde que nos acostásemos

en nuestras camas individuales,

siempre luciría el sol en las ventanas.

 

Ser capaces de disimular nuestros llantos

con risas enfundadas en los albornoces azules

fue una practica habitual en nuestra vida.

 

Te escribí poemas y cartas y despedidas.

Te escribí silencios llenos de desafíos,

y al final, en el último verso, en la última palabra

que te dediqué escondí el enigma de mi vida.

 

Hoy, no se si conservarás aún la caja de porcelana

en la que guardaste mis secretos,

lo que si sé de cierto es que sigues sin llamarme por mi nombre.

 

Juan J. Ginés